lunes, 21 de noviembre de 2011

Pasen y vean!!!!!

No digan que no les avisé. Estoy colocando en este blog una serie de fotos y breves comentarios sobre los atractivos paisajísticos e históricos de Carmen de Patagones y Viedma, con la finalidad de que aquellos amigos que me siguen desde lejos (en algunos casos desde otros países) se interesen por incorporar a nuestra Comarca en el itinerario de un futuro viaje de verano. Si quieren hacerme alguna consulta no duden en escribirme a esta dirección: perfiles@rnonline.com.ar

Pasen y vean!!!!!





Carmen de Patagones y Viedma conforman un importante núcleo urbano (según las características poblacionales de la Patagonia) con alrededor de 90 mil habitantes. Las dos ciudades son ricas en su aspecto histórico y pueden visitarse diversos sitios de interés, como la Parroquia de Patagones; la Torre del Fuerte del Río Negro (levantada en 1780); y la Manzana Histórica del Colegio Salesiano de Viedma.

Pasen y vean!!!!!







Viajando entre 30 y 60 kilómetros desde Viedma, hacia el mar, nos encontramos con bellos paisajes de playas vírgenes, con apostaderos de lobos marinos, la colonia de loros barranqueros más numerosa de América, el faro más antiguo de la Patagonia, aguas cálidas y mucho espacio para disfrutar.

Pasen y vean!!!!!






Esta es una selección de vistas del río Negro, escenario fundamental de las dos ciudades hermanas (Carmen de Patagones al norte y Viedma al sur) que conforman el eje urbano fundacional de la Patagonia Argentina, ya que aquí asentó la población del Fuerte y Población de Nuestra Señora del Carmen el ilustre andaluz don Francisco de Viedma y Narvaez en abril de 1779.
El monumental puente de hierro que pueden apreciar está cumpliendo 80 años desde su inauguración, el 17 de diciembre de 1931. Es la gran postal de la Comarca.

martes, 20 de septiembre de 2011

Nidia Borasi, una apreciada vecina de Patagones y el recuerdo de sus bellos relatos

Nidia Añaños de Borasi, en el Rancho Rial en mayo de este año, y abajo, en la Casa de la Cultura, diciembre de 2007, con el autor de esta crónica.
Nidia Añaños de Borasi partió hace pocos días. Seguramente en su destino eterno seguirá contando esas historias nostálgicas y simpáticas que formaban parte de un repertorio inagotable de relatos, sobre su querido Carmen de Patagones, la vida social de otros tiempos y las costumbres cotidianas. Esta nota recupera su palabra, con fragmentos de su libro “Semillas de otra tierra”, publicado en el 2008, y material del archivo del cronista.



“Mientras estuve en el Consejo Escolar (de 1983 a 1992, siempre ad honorem, sin cobrar un solo peso, poniendo el auto para viajar a todas partes) me dedicaba a escribir cuentos para los chicos de la escuela. Eran cuentos que muchas veces estaban inspirados en historias de animales, y se los pasaba a las directoras sin decirle de quien eran, firmados sólo como ‘una abuela maragata’. Se me ocurrió el seudónimo porque uno de los ocho nietos que tengo era fanático de los dinosaurios y yo le escribí un cuento en el que una noche venía a buscarlo un dinosaurio y le golpeaba la ventana, y salía él montado en el lomo del bicharraco y paseaban por la costa del río”
“Mi papá Manuel Añaños era aragonés de un pueblito, Ruesta, de Zaragoza, llegó a principios del siglo 20 y ya para 1906 aparece como socio de la Sociedad Española de Patagones; pero antes había estado en la sociedad española del barrio de la Boca en Buenos Aires. Allá trabajó en la gastronomía y después se vino para Patagones, para dedicarse a la actividad pastoril, que era lo que sabía hacer allá en su pueblo. Se enamoró de Patagones porque sus calles empinadas le hacían recordar a España y se instaló en la zona del meridiano quinto, por Cañada Grande. Se conectó con otros españoles que ya estaban acá, con los Badillo; y también trabajó en la Salina de Piedras, camino a San Blas. Después papá el compró el campo a sus propios patrones y se estableció”.
“Yo siempre quiero destacar el coraje de esas mujeres, como mi mamá, que se instalaron en el campo. Mi mamá era maragata, Irene Battillana, nieta de un genovés Angel Batillana, uno de los primeros prácticos del río Negro. Con mi papá se conocieron y enamoraron el día que llegó la primera locomotora a Carmen de Patagones, ese día de noviembre de 1921 se miraron por primera vez, en medio de todo el gentío que se había congregado con sus mejores galas en la estación. Ella fue una simple ama de casa, se fue a vivir al campo y allá crió a sus seis hijos, ocupándose de todas las cosas del hogar, cosía nuestra ropa, preparaba conservas y dulces, el pan casero en el horno de barro. Eran asombrosas esas mujeres.”

En el campo
“Tengo recuerdos muy lindos de aquella vida de familia en el campo, de intercambio y visitas con otras familias. Los viajes a Patagones eran larguísimos, al principio en sulky, después ya en auto. Cuando todavía no teníamos coche papá encargaba un auto de alquiler para que tal día nos fuera a buscar, porque la salida para el pueblo se organizaba con varios días de anticipación, era toda una excursión. Además se estilaba que los vecinos que venían para la ciudad pasaban por casa para preguntar si necesitábamos algo. Había muchas familias por esa zona, los Queirolo, los Deurade, los Solano, gente que se ayudaba en las faenas rurales y se visitaban a menudo.
Las compras de comestibles y cosas para el campo se hacían al por mayor. Iban los camiones de Imperiale y de Pozzo Ardizzi, levantaban el pedido y después lo llevaban en bolsas, de galleta, de azúcar y de yerba , bordalesas de vino y todo en cantidad.”
“Nosotros teníamos casa propia en el pueblo. Mi papá cuando recién llegó paraba en la fonda La Pilarica, que existe todavía en la esquina de Yrigoyen e Italia. Arriba la casa dice fonda La Italiana, pero ese fue el nombre que tuvo mucho después. Después, ya establecido con su campo propio, mi papá pudo comprar una parte de esa misma casa.
Pero en un sector de esa casona, en donde todavía se conserva el gran portón de ingreso para los carros, funcionó la escuela cinco, donde era director Julio Negri.
A esa escuela fui yo, antes que desapareciera y se fusionara con la escuela dos, enfrente de la plaza. La fonda La Pilarica se transformó en escuela, las aulas se ubicaron en donde antes estaban las habitaciones.”
“En esa casa teníamos quinta, parrales, higos, duraznos... era un lote inmenso, que tocaba con lo de Cadenaso, que daba a la calle España. Mi mamá y la madre de los Cadenaso se encontraban a charlar por el fondo, asomadas por arriba del paredón durante un largo rato por las tardes. En cambio a la noche se encontraban en la puerta de casa, y esa salida era como un paseo, porque se acostumbraba mucho caminar en esas lindas noches.
Yo tengo el recuerdo de esas caminatas y de los faroles de la iluminación de la calle, con esas lamparitas amarillas que bailaban con el viento. Cuando las veo ahora, en los cuadros de Alcides Biagetti es como si las estuviese viendo entonces”.

En el pueblo
“La calle Yrigoyen entre Italia y Brown era de un gran movimiento, estaba la escuela, el almacén de ramos generales de don Félix Malaspina, la panadería y el almacén de Pozzo Ardizzi, todo en la misma cuadra.
Todavía recuerdo a don Félix sentado en la esquina del negocio viejo, con una sillita de paja bajita, leyendo l diario y rodeado de sus amigos y parroquianos, mientras dona Rosa –su esposa- les alcanzaba los mates. “
“A la escuela entré directamente al segundo grado, porque era la más chiquita y los dos primeros grados ya me los habían enseñado mis hermanas mayores. Mi mamá, que no era maestra, también enseñaba a algunos chicos de la zona.
Hice los primeros grados en aquella escuela cinco, hasta que la cerraron y nos fuimos a la escuela dos. Todos llorábamos de tristeza, pero por suerte venia también con nosotros el maestro y director Negri, a quien queríamos muchísimo. Tanto a Julio como a su esposa Livia Inda, que era un encanto de persona y se habían puesto de novios allí mismo en esa escuela. Yo los admiraba , los veía muy hermosos a los dos, en esa época cuando estaban de novios.
Claro que adoré a todas mis maestras, como Amelia San Juan de Catelani que era una belleza, Jovita Alvarez otra persona muy especial. Yo quise mucho a mis maestras. Tuve un solo profesor de educación física, que lo único que hacía era sacarnos a practicar desfile para los actos patrios del 25 de mayo o el 9 de julio. Salíamos a desfilar por la calle, con el profesor Luis Galbusera, que no era de aquí y nunca más supimos de él”.

La juventud
“De los años de mi juventud recuerdo mucho la famosa vuelta al perro. Se arrancaba de la esquina de la confitería de 7 de Marzo y Comodoro Rivadavia (hoy casa Malek) y se seguía por la calle Comodoro hasta la esquina de Los Vascos (calle España, hoy sucursal de Zágari Hogar). La cita era obligada los martes, jueves, sábados y domingos. La vuelta comenzaba cuando empezaba la transmisión de la propaladora por altoparlantes de don Mario Sabatella (instalada sobre calle Comodoro Rivadavia a mitad de cuadra entre 7 de Marzo y Alsina), donde eran locutores “Chiquito” Sabatella y Gustavo Malek.
La vuelta arrancaba a las seis de la tarde y terminaba a las ocho, con la marcha “Tres Alamos” que marcaba el final del paseo. Después, enseguida cada uno de iba para su casa. Las chicas caminábamos en grupos, de a dos o de a tres, y los muchachos se apoyaban en la pared en la puerta de la confitería de Sabatella y nos decían piropos. Por allí había una combinación y nos acompañaban para el lado de casa cuando ya terminaba la vuelta. Y cuando la compañía era hasta la puerta misma de la casa de la chica los vecinos comentaban ‘se ve que la cosa va en serio’
Al cine íbamos por lo general al España y a la salida a tomar un café a la confiteria La Perla (de España y Baraja) que era fundamentalmente para hombres solos, pero tenía un reservado para familias y allí nos sentábamos con nuestro festejante y algún mayor.”
“Si el noviazgo o relación continuaba y contaba con la aprobación de la familia ya se le permitía al galán visitar a la novia los días martes, jueves, sábados y domingos de 19 a 21, para luego continuar con las visitas a sus respectivos domicilios de familiares, almuerzos, senas, paseos… y así hasta el altar”.
“A él (al altar) llegué un 19 de abril de 1954. Yo también, como mi madre, vestí el tradicional traje blanco que, como lo dictaba la moda de aquellos tiempos, tenía amplia falda campana plato de organiza, y el corsagge y mangas de raso, adornado con puntillas valencianas; el tul, con diadema de azahar. (…) El novio llevó el clásico traje azul, confeccionado en la prestigiosa Sastrería Bergandi, camisa blanca, corbata gris plata”.
“Los bailes míos fueron sobre todo en el club Jorge Newbery, a veces en la cancha de básquet todavía sin techo, a cielo abierto, otras veces en un salón ubicado al lado del club Social (donde hoy estás el edificio grande del club). Eran bailes con grandes orquiestas que venían de afuera, como Francisco Lomuto, Juan Cambarieri, Feliciano Brunelli, y Donato Raciatti. Hubo una época, antes que yo empezara a salir a bailar, en que los clubes mandaban invitaciones a las chicas casaderas y les ofrecían la posibilidad de mandarles un auto para ir a buscarlas y llevarlas de vuelta. Las chicas eran el gancho para que fueran muchos varones y el baile resultara todo un éxito.
Pero hay algo más: si alguna chica no la sacaban a bailar, porque no era muy agraciada o porque no bailaba bien, algún caballero de la comisión del club se encargaba de sacarla como una obligación, para que esa chica no se aburriera. Hasta esa cortesía tenían.
Se bailaba toda la noche, desde las diez hasta eso de las dos de la mañana, cuando ponían el disco con la marcha del club Jorge Newbery y entonces había que irse.”

Vamos a extrañar a Nidia Borasi, por sus toques de humor y la valoración permanente del pasado, sin nostalgias dolorosas, sino con la positiva intención de evitar la desmemoria, que es una de las peores enfermedades colectivas. Este cronista le estará por siempre agradecido, por eso creyó oportuno el homenaje.



Un maestro y sus historias, desde una escuela rural hasta el Consejo de Educación


 En la charla enfrente de los chicos de la escuela 200, con el actual personal docente, y tocando la vieja campana de bronce, tres momentos de la visita del Negro Flores al establecimiento donde fue director durante tantos años
Esta nota se publicó en Noticias de la Costa para el día del maestro. Con el objeto de rendir homenaje a tan noble y sacrificada profesión social, el cronista vuelca las vivencias de Miguel Angel Flores, un maestro sanjuanino que, muy joven, llegó a Río Negro en 1958 y se quedó para siempre, desarrollando una carrera que empezó como maestro rural en el paraje El Chaiful y culminó en una vocalía del Consejo Provincial de Educación, en 1987.


El relato de Miguel Angel “el Negro” Flores es colorido, adornado con ocurrencias y dichos, concreto y detallado. Uno cierra los ojos y puede reconstruir con claridad las imágenes del relato. Esta nota sólo rescata una parte de sus dichos, con breves acotaciones que enlazan situaciones y momentos. La larga y muy amena charla repasó desde el primer destino docente hasta sus últimas actuaciones, ya en cargos de responsabilidad institucional; abarcando también los tiempos fundacionales de la Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro (UNTER) que lo tuvieron como protagonista, en 1974; la etapa de periodista en los diarios “Voz Rionegrina” y “El Provincial”; y la resistencia gremial en tiempos de la última dictadura cívico militar.
La llegada
“Había comenzado con la docencia en mi provincia, pero quería buscar otros horizontes. En 1958 mandé mis datos a la seccional Río Negro del Consejo Nacional de Educación y recibí la designación como director y maestro único en la escuela de El Chaiful.
Me mandaban el pasaje y una orden para transportar hasta 200 kilos de carga libres; busqué en los mapas de Río Negro y no encontraba nada, apenas supe que quedaba para el sur y que tenía que llegar primero a Ingeniero Jacobacci. Me tomé un tren desde mi pueblo en directo a Bahía Blanca (año 1959, cuando ese tipo de conexiones ferroviarias existían) y después el otro que iba para Bariloche. Preguntaba en el tren cómo podía llegar a El Chaiful y nadie me daba referencias. Acerté con un señor, muy atento, que se llamaba Gregorio Toro y era el juez de Paz de Jacobacci y me dio la total seguridad de que me iba a conseguir la forma de seguir viaje hasta el paraje. Llegué a Jacobacci y estuve esperando una semana hasta que apareció un transportista, con un camión marca Reo, que tenía que volver con una carga. Pero este hombre no tenía apuro por regresar y antes quería disfrutar del baile y un poco de diversión en el pueblo, así que yo me tuve que quedar otros tres días.”
Finalmente se inició la travesía, pero los comentarios del chofer durante el largo viaje no serían muy estimulantes. Lo sigue contando con gracia y detalles. “Cada 500 metros, más o menos, me decía: ¿vos estás seguro de que te vas a quedar allá en El Chaiful?. La escuela hace como dos años que está cerrada y se desmoronó el pozo del agua, y no sé cómo vas a hacer sin agua. Todos los comentarios eran para desmoralizarme, como por ejemplo me preguntaba: ¿llevás comida?; y yo le contestaba, inocentemente, sí llevo papas y fideos y yerba. ¿Para cuánto tiempo llevás? , no sé, para tres meses. ¿Estás seguro que te van alcanzar esas provisiones?; mirá que allá no hay ningún lugar para comprar… y así por el estilo, todo el tiempo”.
Con lujo de detalles describe después el panorama de la escuelita que lo estaba esperando. “Era una construcción de unos 5 metros de largo por tres de ancho, separada por una pared, adelante el aula y atrás la cocina y un depósito que el maestro usaba como dormitorio; todo poblado por arañas y telas de arañas de todo tamaño y en cantidad. Así que la primera tarea fue limpiar y acomodar para poderme acostarme a descansar. Cuando la gente de los alrededores vio movimiento empezó a acercarse para ver cómo era el maestro y, lo más importante, enterarse si se iba a quedar. Después empezaron las pruebas, y la primera fue con el mate, porque yo estaba acostumbrado al mate sanjuanino, con agua muy caliente, dulce y con yuyos mezclados con la yerba; y allá en el sur era con agua tibia y amargo, de pura yerba nomás. Se empezaron a presentar los problemas, yo tenía algunos víveres, pero no tenía pan ni mucho menos harina para prepararlo. Por suerte me traían pan con chicharrón, tortas fritas, tortas al rescoldo… así que al poco tiempo ya no me faltaba nada. La carne me la regalaban, y me hice carnicero porque en San Juan vivíamos a pura verdura, pero allá solamente con capón, chivo y yeguarizo. Con la carne de potro estaba el tema de que, según lo que dice la sabiduría popular, no se puede acompañar con agua, porque la grasa se te endurece en las tripas y terminás reventado. Pero yo nunca he tomado vino y comía siempre con agua, y los paisanos me tenían marcado: maestro, no vaya a tomar agua. Pero yo, cada vez que podía comía yeguarizo, y después me mandaba un taco de agua… ¡y acá estoy vivito y coleando!”.

Aprender a dominar el caballo
“Otra dificultad apareció con el tema del caballo, porque yo no sabía montar y tuve que aprender porque de lo contrario no podía manejarme para ir a ningún lugar. Estuve como dos años para aprender, pero al final lo logré y después tenía dos caballitos, pero antes me tuve que aguantar muchas cargadas de los pibes”.
“Un día vienen los chicos y me preguntan: ¿ maestro, nos da permiso para armar una cancha acá en la escuela?. Pero, sí, cómo no… les contesté yo, contento, pensando naturalmente en una canchita para fútbol, y tal es así que me puse a buscar unas medias y otras prendas para hacerles una pelota de trapo. Los pibes trajeron picos y palas y empezaron a sacar pasto y piedras, pero me llamaba la atención que la cancha que preparaban era finita y larga, y no rectangular. Entonces les pregunté ¿los arcos donde van?, y me explicaron que una cancha para con los caballos” Pasaron los meses, y ya acostumbrado a montar, aceptó el desafío de una carrera contra uno de sus alumnos “lo que no sabía era que el caballo era asustadizo y cuando un papel que traía el viento se le pegó en una pata se plantó y me sacó despedido, en medio de las risas de todos los pibes”.

Inesperado traslado
Un inspector de escuela, Juan Zenón, de Viedma, llegó un día por la escuela cuando ya llevaba un año y medio. “Me dijo que ya tenía muy buenas referencias mías, por la gente del pueblo, y se comprometió a que si yo tenía algún problema él personalmente se iba a ocuparse de resolverme la cuestión. Pasó un largo tiempo y una vez se me aparece un muchacho diciendo que venía para tomar posesión del cargo de director de la escuela 202 de El Chaiful. Ante ese problema me dije: me tengo que ir a Viedma para protestar. En Jacobacci me tomé el tren y justo viajaba también monseñor Borgatti, el obispo, que yo conocía porque había pasado por El Chaiful. Le conté el problema y me dijo que fuera de su parte a ver al inspector seccional, don Agustín de Jesús Ponce. Este hombre me recibió y me explicó que el inspector Zenón había pedido un traslado para mí, para la escuela de General Palacios, a 28 kilómetros de Viedma, lo que era un cambio muy importante y beneficioso. Así fue que en 1961 me vine para Palacios, una estación de ferrocarril muy activa por todo el movimiento de la zona, con una escuela de doble turno; estuve 7 años hasta 1968. En ese momento me vine para Viedma con el ofrecimiento de hacerme cargo del centro de educación para adultos, teniendo en cuenta que allá en Palacios había hecho experiencias en ese sentido”.

Otros destinos
“Pero en la entrevista con el profesor Ahumedes, del naciente Consejo Provincial de Educación, me ofrecieron el cargo de inspector de escuelas y acepté, porque me interesaba la propuesta y por supuesto me gustaba quedarme en Viedma. Pasaron más de 40 años y aquí estoy. ¡Por eso digo que yo llegué acá por bocón, por querer saber qué pasaba con ese sujeto que se me había aparecido en la escuelita de El Chaiful diciendo que era el nuevo director”.
En 1970 quedó sin efecto la designación de inspector, cuando llegó el general Roberto Requeijo y a cambio le otorgaron la dirección de la escuela número 200 “Aeronáutica Argentina” en el recién creado barrio IPPV, por entonces en las afueras de la ciudad, la primera de jornada completa. “Fue la época más importante de mi trayectoria, de 80 alumnos iniciales pasamos a 180 en solamente tres meses, los chicos comían a la carta, porque la cocinera le preguntaba a los chicos qué querían comer al día siguiente; iniciamos los talleres de formación de oficios, le dábamos el desayuno a los canillitas que a la tarde venían como escolares, hicimos huerta y jardín, fue un tiempo maravilloso. Estuve allí hasta 1984 y después, ya jubilado, pasé a ocupar cargos políticos”.

Un emotivo reencuentro
El cronista le propuso al antiguo director que posara, para algunas fotos, en la puerta de la escuela 200. Sorpresivamente, entrevistado y periodista, fueron invitados por el personal docente a ingresar al establecimiento y participar en el momento comunitario del comienzo de la jornada escolar. Una vez explicados los motivos de la visita le tocó al maestro Flores, muy emocionado, hablar con los chicos y trazar algunos recuerdos de aquellos 16 años inolvidables transcurridos entre esas paredes. En la dirección de la escuela se conserva, perfectamente restaurada, la vieja campana de bronce de los primeros tiempos y el Negro no pudo evitar la tentación de hacerla sonar, como antes. En el pasillo también se detuvo a contemplar un mural decorativo realizado hace más 30 años, mientras los recuerdos fluían intensos y cálidos.
Quedó espacio para breves referencias. La fundación de la UNTER, en 1974, con Wenceslao Arizcuren, Coco Serrano y otro grupo de docentes; y las luchas en tiempos de dictadura, con la conquista del descuento de cuota sindical por planilla. En tiempos del gobierno de Osvaldo Alvarez Guerrero y el ministro Nilo Fuvi, Flores fue delegado de Educación en la región sur, cuando pudo encarar la reconstrucción total del edificio de la escuela de El Chaiful; después ocupó una dirección general y finalmente accedió a una vocalía del Consejo de Educación.
Para el final. “Rescato la enorme cantidad de viajes que hicimos con Nilo, cuando él era ministro de Educación, recorriendo cada rincón de la región sur, y también la figura de quien ocupó después la cartera educativa, Mary Soldavini de Ruberti.”

Antiguas historias comerciales de Carmen de Patagones

 Arriba el interior de Casa Los Vascos, un emporio comercial de la calle Comodoro Rivadavia, esquina España; abajo el local de Tienda La Piedad, donde estaría años más tarde Abayú y Carmody.
 Abajo la calle Alsina, en donde comenzó la actividad comercial de los Patané, después instalados en la Comodoro Rivadavia

Hace 18 años, en una mañana de mayo de 1993, cuatro experimentados comerciantes de Carmen de Patagones se reunieron con el cronista para recordar la vida comercial de las décadas del 40 y del 50. Las precisas impresiones, datos interesantes y anécdotas singulares quedaron en una vieja cinta a casete recuperada del olvido, y ahora abonan esta nota.
Tres de los partícipes de aquel encuentro ya no están en este mundo terrenal. Manolo Rodríguez, de la casa Los Vascos, que había cerrado al público a fines de 1992; Alberto Abayú, propietario del almacén de Abayú y Carmody, que bajó sus persianas en agosto de ese mismo año; y Jorge Patané, cuya firma comercial sigue sostenida por sus hijos. El cuarto asistente a la charla, que se difundió por radio Del Carmen aquella mañana, fue Miguel Angel “Chichín” Sitanor, que tras el cierre de su tradicional negocio se radicó en Brasil, hace 12 años.

Recomienzo y comienzos
Aquella reunión histórica (de la que lamentablemente no quedó registro fotográfico) se realizó porque ese día, 16 de mayo de 1993, Sitanor reabría su comercio polirrubro en la emblemática esquina de Comodoro Rivadavia y España, pleno centro de Patagones, tras la clausura del histórico local de calle España (a metros de Dr. Baraja) por la accidental caída de una pared medianera, con cuantiosos daños pero la fortuna de que no hubo que lamentar víctimas personales. El amplio salón donde Chichín reinauguraba ese día había estado ocupado durante más de 70 años por casa Los Vascos.
Don Manolo Rodríguez recordaba que “la casa Los Vascos se fundó en 1910 por cuenta del señor Manuel Pasarón y estuvo al principio enfrente a lo de Galantini (Fagnano y Alsina) y en 1922 se mudó a Comodoro Rivadavia y España, local de la familia Gazo. En un tiempo antes la sociedad había sido entre Pasaron y José Roda, (el mismo Roda que durante muchos años tuvo casa de comercio en calle Colón de Viedma, enfrente de la plaza Alsina).” Precisaba también que “en mi caso me incorporé en 1948, en sociedad con Pasarón, Pedro Scalesi y Jorge Arias, hasta que un tiempo después se retiró Pasarón, que ya era un hombre de avanzada edad. Quedé yo solo y finalmente, después de más de 80 años la casa Los Vascos cerró en diciembre de 1992”.
Don Jorge Patané apuntaba que “la actividad comercial de la familia la empezó mi padre, que era gerente de una mueblería, propiedad de un señor de Buenos Aires llamado León Pascansky”, y aclaraba enseguida “no se trataba de la persona del mismo apellido que después le vendería la firma a Livigni, porque en este caso era Mauricio Pascansky”.
“Este local estaba sobre calle Alsina, a media cuadra de Comodoro Rivadavia y de la sucursal del Banco Provincia. Allí al principio mi papá era empleado y después pasó a ser propietario. En 1934, exactamente para el 25 de mayo, mi mamá abrió su propia casa de modas, en Alsina 77 (entre Comodoro Rivadavia y Dr. Baraja), que fue creciendo y necesitaba una mayor expansión, con lo cual en 1942 mis padres compraron la casa y local de la misma cuadra en el número 85. Con el paso de los años la mueblería se fue transformando, incorporando modas y zapatería, y siempre acompañados por el crecimiento y la buena clientela nos fuimos a los locales nuevos de la calle Comodoro Rivadavia (a pasos de Yrigoyen) donde inauguramos en 1956”.
Don Alberto Abayú aportaba lo suyo. “La firma Abayú y Carmody abrió sus puertas el 2 de enero de 1943, en el mismo local donde tiempo antes había funcionado otro almacén de ramos generales, de los señores Eduardo y Serafín Otero, que previamente habían sido empleados de la casa Mazzini Giraudini, una de las más importantes firmas del sur argentino, porque eran importadores y exportadores, instalados en la calle Roca de la zona del puerto enfrente del muelle Mihanovich” (Amplio salón más tarde ocupado por la Cooperativa Agrícola de Patagones, actual salón de fiestas y bailes juveniles, acota el cronista).
Recordaba Abayú que “aquella sociedad la conformé con un inolvidable amigo, Hipólito Bartolomé Carmody, más conocido como Polo, y fue en los principios una modesta empresa, muy humilde, donde entramos con muy escasos medios económicos y fuimos avanzando con el tiempo, abasteciendo a la gente de Patagones, la zona rural y Viedma también. Después se agregaron un hermano de Polo y otro mío, con lo cual la sociedad eran dos Carmody y dos Abayú. Pero con el transcurso del tiempo Polo Carmody se dedicó a las tareas rurales, para que las que tenía una enorme vocación, y yo seguí primero con su hermano y después solo, hasta que una paulatina pérdida de la visión me obligó a dejar el comercio, y el cierre definitivo se produjo el 30 de agosto de 1992”.
También Chichín Sitanor ofrecía, en la amena charla radiofónica, sus recuerdos acerca del emprendimiento familiar. “Mis padres, Tomás Sitanor y Estela García, comenzaron como empleados de casa Markan, en calle Alsina (entre Fagnano y Dr. Baraja) y después, en septiembre de 1931 cuando yo estaba por nacer, se instalaron en España 116, que fue durante tantos el tradicional sitio de casa Sitanor hasta que se produjo el derrumbe”.
“Al principio era un tradicional kiosco de golosinas, diarios, revistas y tabaco. Mis padres, junto con otro negocio que pertenecía a don Orlando Caraccino, fueron pioneros en la venta de diarios y revistas; papá llegó a tener 15 canillitas que repartían casa por casa y vendían en la calle, algunos de los cuales llegaron a ser famosos, como el Yaya Bonzio, Viera, los Dell, y otros chicos que se ganaban unos pesos con ese trabajo”.

Tiempos de bonanza
Los cuatro experimentados comerciantes coincidieron en que los años 40 y 50, del siglo pasado, fueron tiempos de bonanza para la actividad mercantil de Patagones. “En casa Los Vascos llegamos a tener 9 empleados, para estar en condiciones de atender bien a toda la clientela” señalaba Rodríguez. Sitanor añadía que “alguna gente, que tenía un medio de movilidad propio, o viajando en el tren también, venía desde el campo a Carmen de Patagones para hacer sus compras de cada temporada, sobre todo a principios del invierno y del verano, llevando las telas que se usaban para la costura doméstica o algunas prendas ya confeccionadas; pero también había mercachifles que se abastecían acá y salían por su cuenta a recorrer los pueblos y se metían en los establecimientos. Yo trabajé en la tienda El Hogar, del amigo Aníbal Barilá, y salíamos con un furgón rojo para el lado de San Blas, haciendo toda la campaña y nos quedábamos a dormir en donde nos tocaba la noche y la gente nos recibía como si fuésemos de la familia”.
“Otra característica de ese tiempo era que se vendía de cosecha a cosecha” añadía don Manolo, y enseguida explicaba que “ello consistía en fiarle al cliente hasta que cobrara la siguiente cosecha, y para poder mantener este sistema contábamos también con el respaldo de los viajantes y fabricantes, que nos traían el pedido con 180 días de plazo para pagar, sin necesidad de firmar pagarés ni nada; llegaba la mercadería a fines de febrero y se pagaba en agosto-septiembre”.
Los beneficios de la estabilidad monetaria, que permitía aquellas operaciones de crédito de largo plazo, fueron otro motivo de comentario. “La estabilidad duró hasta comienzos de los años 60, cuando empezaron a producirse bruscos saltos de inflación y, además, Patagones estuvo afectada por una tremenda sequía durante cuatro años consecutivos, del 60 al 63, y la situación fue desesperante y hubo comercios, como el nuestro, que realmente estuvieron al borde del quebranto, porque al cliente se le fiaba, pero no podía pagar por la sencilla razón de que no había cosecha por la falta de lluvias” recordaba don Alberto Abayú.
Otros datos ilustrativos de esa época de bonanza comercial agregaba Jorge Patané: “los créditos bancarios se ofrecían al comercio con una tasa anual del 4 ó 5 por ciento de interés, lo que hacía posible manejarse con algún descubierto y pedir plata prestada a los bancos; y por otra parte desde los años 30 hasta 1947 tuvimos una larga etapa sin aumentos de precios”.
“Dentro de la zona ubicada al sur del río Colorado Patagones fue una ciudad comercial muy importante, sobre todo caracterizada por el dinamismo de los propios comerciantes, como Sitanor, Patané, Zágari y otros, que no ha perdurado en el tiempo porque sí, sino porque hubo capacidad, tenacidad, inteligencia y honradez, entre otras virtudes” definía después Abayú, al trazar un panorama global.

Di Sarli en Patagones
La conversación giró también sobre otros aspectos de la vida de Carmen de Patagones, y surgió así el dato cierto de que el gran pianista, compositor y director de orquestas de tango Carlos Di Sarli, que era nativo de Bahía Blanca, en realidad hizo sus primeras presentaciones en Patagones. “Esta es una información indudable, Di Sarli hizo sus primeras armas en una confitería que estaba enfrente a la plaza 7 de Marzo” afirmó Sitanor; y completó Abayú “sí señor, era más o menos por los años 1934 ó 35, en la confitería de los hermanos Alfredo y Américo Spampinato, y se contaba que después de cada actuación Di Sarli se servía un bombón de una vitrina, y un tío de los dueños del local, que era tartamudo, le advirtió que el músico abusaba de cierta confianza: porque se-se-se co-co-co-me un bom-bón-hoy-un-bom-bón-ma-ma-ña-ña-na-y-te-va-va-fun-fun-dir”.

lunes, 29 de agosto de 2011

Viejas fotos que disparan nostalgias y recuerdos

 Agasjo al juez federal de Viedma De La Fuente (arriba); una noche de carnaval, con un grupo de jóvenes de Viedma y Patagones (abajo)
 La primera fiesta de  la lana en Viedma , año 1949 en el cine San Martín.
Un hombre de 78 años ejercita su impecable memoria frente al monitor de una computadora, que le muestra imágenes fotográficas del ayer. Reconoce personas y sus nombres, ubica los lugares y las circunstancias de la escena retratada, construye el relato. El cronista lo acompaña en el recorrido, toma apuntes, hilvana episodios y compagina la nota.

El hombre se llama Aníbal Argañaraz, pero más lo conocen por el sobrenombre de “Icho”, posiblemente inspirado en un pueblo cordobés: Icho Cruz. Nació fortuitamente en Buenos Aires, pero la infancia y la adolescencia, ese territorio de aventuras y descubrimientos inolvidables, los transcurrió en Viedma, donde fue alumno de la escuela normal y del colegio nacional. “Mi padre, Carlos Argañaraz, maestro y profesor de geografía egresado de la Escuela Normal Mariano Acosta de la Capital Federal, era primo hermano del profesor Raúl Fernández, director de la escuela normal de Viedma, que le propuso que se viniera para aquí, en 1928. Papá ya estaba de novio con mi madre, Emilia Bassas Pujol, al poco tiempo se casaron en Buenos Aires y la trajo para formar aquí su familia. Los dos ejercieron la docencia durante 30 años, gozando del aprecio de sus colegas y alumnos, tuve el privilegio de tener padres docentes, al estilo de antes, dueños de prestigio social.”
Argañaraz facilitó al cronista una importante cantidad de fotos antiguas, algunas heredadas de sus padres y otras de su propia cosecha, que ilustran momentos de la vida social de la Capital del Territorio de Río Negro en las décadas de los años 30 y 40 del siglo pasado.

Los notables
Muchas de esas imágenes corresponden a los tradicionales banquetes en homenaje de caballeros distinguidos de las sociedades viedmense y maragata, celebrados habitualmente en el restaurante del hotel España, propiedad de don Miguel Cruz, sobre la calle Buenos Aires entre Belgrano y Saavedra. “Era un lugar de categoría y amplitud suficiente como para recibir unos 100 comensales” apuntó Icho, mientras revisaba el archivo ya digitalizado. Una de las fotos (la que se presenta en esta nota con el epígrafe “Homenaje al juez federal Mario De La Fuente”) permite identificar a un grupo de notables caballeros, con actuación en ámbitos profesionales, políticos e institucionales.
Señaló nuestro guía por la memoria “en esa cena se reunieron prestigiosos médicos, un ingeniero, un farmacéutico, comerciantes, ganaderos, futuros jueces y cuatro hombres a quienes les tocaría, años después, altas responsabilidades públicas: el primer gobernador electo de Río Negro, un senador nacional que llegaría a la Presidencia de la Nación, otro representante en la cámara alta del Congreso y un presidente del Concejo Municipal de Viedma”.
La nómina es la siguiente (mirando la foto en detalle de izquierda a derecha) sentados: Juan José Pino, Roberto De Rege, Pedro Ecay, Gullermo Humble, José María Guido, Carlos Argañaraz, Mario De la Fuente (en la cabecera), Diego Contín, Antonio Sussini, Edgardo Castello, Alberto Cortés y Marcos Viglione. Parados: Antonio Pedro Ramón del Rosario García, Esteban Pazos, Julio César Brunello, Elvio Castello, Ramiro García, Vicente Rossi, Nazario Contín y Erberto Castello. ¡Realmente un grupo de notables!

Las fiestas juveniles
“Las fiestas juveniles eran grandes acontecimientos sociales, a veces largamente esperados. Había por lo menos un gran baile por mes, con motivo de la celebración de las fiestas patrias y otras celebraciones como el carnaval, a las que era obligatorio asistir para las chicas y los muchachos de Viedma, en Villa Congreso (el Rancho Grande), Sol de Mayo y Jorge Newbery de Patagones. También estaban los asaltos que se hacían en la casa de alguna chica, con el total consentimiento y control de los padres por supuesto, sobre todo en cuanto a la posible introducción, de parte de los varones, de alguna bebida alcohólica, tipo Cubana. Entre los estudiantes del Nacional y la Normal se formaba un grupo compacto de amistad, amistades verdaderas aún entre mujeres y hombres, donde no faltaban la galantería y el interés amoroso naturalmente” comentó Icho. Después, mirando en detalle una foto de festejo de carnaval (en un salón no identificado) observó que “algunos de los noviazgos que se insinuaban en aquellos tiempos se concretaron en casamiento y familias, pero otros se diluyeron en el tiempo y sólo nos quedaron dulces recuerdos”.
Argañaraz identificó a unos cuantos de los protagonistas de la foto que lleva como epígrafe “Una noche de carnaval a fines de los 40”. En el centro de la imagen, sentado en el piso y con un gorrito, aparece Silvio Aostri, flanqueado por dos bellezas: a su derecha (con abanico en la mano) Margarita Sánchez, y a su izquierda (tomándose las manos) Fanny Crespo. En cuclillas la primera dama de la izquierda, es Martita Ballesteros, al lado Nelly Estremador (con tocado), Andrés Iribarren, Pate Campora, un joven Scatena, y una chica y un muchacho no reconocidos y al final de la fila Coco Quiroga. Entre quienes están de pie Margarita Toledo, Chichí Mírcoli, un muchacho de apellido Rojas, Maruca Francioni, Carlitos López, Monina Martínez Roca, Icho Argañaraz (peinado a la gomina, con anteojos, le susurra algo a la bonita señorita que tiene al lado), Kelo Vichich (que se asoma por atrás), Norma Génova, Cota Mírcoli, Coco Mansilla, Mae Ballesteros y Raquel Argañaraz (mirando hacia fuera de la foto). ¡Jóvenes del ayer!

Una reina de la lana
“Esta escena es en el cine San Martín, tan elegante, tan luminoso, era un verdadero lujo para la Viedma de fines de los 40 y principios de los 50. Es la primera fiesta de la lana, y se puede ver a la participante por Viedma en el concurso de elección de la reina, una joven llamada Esilda Ressia, que avanza sonriente hacia el escenario, mientras atrás esperan para subir otras candidatas. Se puede apreciar el cuidado que teníamos todos en nuestra forma de vestir para asistir a un acontecimiento de esta naturaleza” recordó después, contemplando otra foto.
Reflexionó que “ver estas imágenes produce una fuerte nostalgia, porque muchos de los amigos que aparecen en estas fotos ya no existen físicamente, aunque persisten en nuestra memoria, naturalmente. Fue una época de transición entre normas sociales muy rígidas, que separaban los estratos sociales de Viedma entre los del centro y los de los barrios, que empezó a nutrir amistades que rompían esas diferencias. Era una vida sencilla, pero muy animada”.

Tiempos de la Legislatura
Un salto en el tiempo. Días atrás Aníbal Argañaraz participó, especialmente invitado, en la celebración del cincuentenario de la creación de la Biblioteca de la Legislatura de Río Negro. Se reencontró allí con antiguos amigos de su época de secretario del parlamento, como los son los ex diputados Ignacio Piñero y Elías Chucair. “Yo estaba radicado en General Roca, con un emprendimiento comercial, y el gobernador Castello viajó para una inauguración, acompañado por Antonio Pedro Ramón del Rosario “Paco” García; nos conocíamos con Paco y me invitó al banquete en el club Italia Unida. Una semana después Paco me llamó porque Aldo Liccardi estaba por renunciar a la secretaría de la Legislatura para pasar a la secretaría General de la Gobernación y estaban buscando un reemplazo; me ofreció el cargo y yo dudaba en aceptarlo, porque no sabía si estaba capacitado para desempeñarlo. Hablé con Castello, que me dio su consentimiento, y después charlé con el presidente de la Legislatura, Farid Marón, hombre de orden impecable, un verdadero caballero. Estuve en el cargo hasta el golpe que derrocó a Frondizi, y volví a la misma función en los tiempos del gobernador Carlos Nielsen, con don Valentín de Prado como presidente de la Legislatura. En 1966, cuando cayó el gobierno nacional de Arturo Illia, quedé a cargo de los bienes de la Legislatura; más tarde cuando era gobernador el comodoro Lanari, por encargo del secretario general de la Gobernación, el maestro Carlos Delgado, pasé a una función de coordinación entre áreas del gobierno”.

Requeijo, gobernador y amigo
Aníbal Argañaraz permaneció en esas tareas administrativas hasta octubre de 1969, cuando llegó como interventor primero y gobernador después el general Roberto Vicente Requeijo. “La primera tarea que me encargó Requeijo fue que le hiciera un relevamiento de situación en Río Colorado, donde había que remover al intendente; después me mandaron como intendente a General Conesa, en donde también había un lío bárbaro y un montón de enfrentamientos. Allí estuve hasta mayo de 1973 y fueron, desde el punto de vista de la función, los mejores años de mi vida”.
La última foto del recorrido por la memoria de Icho nos muestra al general Requeijo, de sport, fumando y pensativo. “Con Requeijo nos hicimos grandes amigos, primero en una relación cordial de gobernador a intendente, después cuando él se quedó en el llano entramos más en confianza y llegué a conocerlo mucho. Era un hombre con una enorme vocación política, que superaba totalmente su condición de militar, y sus preocupaciones eran esencialmente sociales, lo que demostró como jefe de la guarnición de Curuzú Cuatiá, en Corrientes. Fue un hombre valioso para Río Negro, desde luego, que tomó siempre con enorme responsabilidad las funciones que le tocaron”. Las fotos quedan en la computadora, algunos recuerdos en la crónica.

sábado, 27 de agosto de 2011

Cinco historias que nunca ocurrieron, pero las cuenta la gente

 El caserón Sassenberg-Landalde (arriba) y la casa de Gobierno de Viedma (abajo) habrían sido escenarios de algunas de estas historias que nunca ocurrieron pero, sin embargo, las cuenta la gente.
La crónica de hoy reproduce 5 historias que no ocurrieron, y son pura ficción. ¿Por qué publicarlas, entonces? Porque son relatos que de tanto en tanto, con variada repetición, llegan a oídos del cronista y confirman su presencia en el imaginario colectivo local. No hay nada que demuestre la veracidad de estos hechos, y por lo mismo se carece de elementos que permitan ubicarlos en el tiempo.



Una ballena en el río
Esta historia tiene autor responsable. Una calurosa mañana de sábado, a fines del mes de diciembre, un conductor radial anunció un insólito descubrimiento. En la costanera del río Negro, en cercanías del Centro Municipal de Cultura, la bajante había dejado varada una enorme ballena franca austral, de esas que habitualmente hacen las delicias de los turistas en Península Valdes. El referido radionauta no sólo anoticiaba a su audiencia sobre el caso singular, sino que ensayaba alguna posible explicación, como que el gigantesco cetáceo habría estado siguiendo un cardumen aguas arriba, desde la desembocadura del río en el mar; sino que también pedía la urgente presencia de voluntarios que concurriesen al sitio para arrojarle agua al animal y evitar su deshidratación, hasta que pudiera flotar nuevamente y volver a nadar. El relato radial se produjo a hora temprana y a pesar de la jornada no laborable una importante cantidad de personas concurrió al lugar; algunos testigos aseguran que llegaron varias familias enteras y los más chicos llevaban baldes; tampoco faltaban los aficionados a la fotografía con sus cámaras en ristre. Pero al llegar al sitio y a poco de desplazarse entre sauces y juncales no lograban ver la ballena, con lo cual tras el primer desaliento alguien –posiblemente el más perspicaz- exclamó: “¡hoy es 28 de diciembre, día los santos inocentes!”. El efecto de la broma se disipó rápidamente y al caer la tarde el tema apenas era un murmullo en los bares de la calle Buenos Aires. Pero eran algo más de las 8 del largo crepúsculo vespertino cuando un lanchero que realizaba el monótono cruce de pasajeros entre las dos orillas divisó, a estribor y hacia la proa, a unos 5 metros de distancia, el inconfundible chorro de agua que expulsan las ballenas al expeler aire y enseguida pudo ver, a pesar de la escasa luminosidad, el lomo verrugoso del mamífero marino. El timonel buscó la mirada de sus pasajeros, para comprobar si alguien más había visto la misma inesperada aparición, pero la mínima nave sólo estaba ocupada por una pareja de novios que, ajena todo cuanto los rodeaba, se prodigaban un apasionado beso. El animal no volvió a verse.

Los fantasmas de la casa de Gobierno
Se han recopilado cuatro casos de aparición de fantasmas en la Casa de Gobierno, en Viedma.
Primer caso: gritos en el sótano. Todo el subsuelo de la parte más antigua de la sede oficial, que da sobre las calles Laprida y Belgrano, está ocupado por un sótano en donde antiguamente funcionaba la caldera para la calefacción. Al lugar se accede por una puerta ubicada debajo de la escalera que conduce a la planta alta. Los gritos escuchados son, según uno de los informantes, los de una mujer que pide auxilio; otro de los dicentes asegura que es la voz de un hombre y parece que sufriera dolor. El hecho se habría registrado por la noche y también en la siesta de una calurosa tarde de verano.
Segundo caso: la máquina de escribir. En la quietud de la noche, cuando todos los empleados administrativos ya se habían marchado, se escuchaba el tecleo característico de una máquina de escribir manual.
Tercer caso: murmullos en el salón gris. Uno de los informantes dice haberlos escuchado a la mañana muy temprano, antes que ingresen personal y autoridades; otro asegura que ocurrió por la noche. El caso es que desde el vestíbulo de planta baja se oían murmullos provenientes del salón gris, como si varias personas conversaran en voz baja. Un testimonio sostiene que un policía se animó a entrar, con el salón y penumbras, y escuchó los murmullos sin poder identificar que decían las voces, pero cuando encendió las luces el silencio fue tota, y no había nadie por cierto.
Cuarto caso: la luz del despacho. Pasando el pasillo lateral de la escalera, en planta baja, está la oficina antiguamente ocupada por la dirección general de Gobierno. Un ordenanza recuerda que a fines de la década del sesenta varias noches encontraba encendida la luz del velador ubicado sobre el escritorio y la apagaba; pero al rato, sin que nadie hubiera entrado, volvía a estar prendida. Una noche, para asegurarse que no fuera un desperfecto de la perilla, la desenchufó. Pero volvió a encenderse, con el tomacorriente en su lugar.
Quinto caso: la dama misteriosa. Algunos dicen que lleva un vestido blanco, otros aseguran que es un delantal como de maestra... pero cuenta que la mujer baja las escaleras y se pierde hacia la calle, o se la divisa en alguno de los pasillos superiores. Esto ocurre sólo por las noches.
¿Explicaciones? Son varias, se habla de muertes ocultas, de amantes secretos, de empleados ya fallecidos que dejaron literalmente su alma en las oficinas.

El OVNI sobre la cárcel
Ocurrió en una gélida noche de invierno, durante la época de la dictadura militar, cuando determinado tipo de información relacionada con fuerzas de seguridad era muy difícil de corroborar. El informativista de turno, en la vieja LU15, estaba a punto de cerrar la oficina, después del último boletín, cuando un efectivo uniformado de la Policía Federal entró corriendo –fusil en mano- y pidiendo casi a gritos que se convocara de urgencia a todo el personal de la Unidad Penal de Viedma para presentarse en el establecimiento. ¿La razón?, no se podía informar. ¿El trascendido?, que había un motín e intento de fuga. El periodista pasó el mensaje al aire y después contrató el único taxi nochero disponible en la plaza Alsina, con el objeto de acercarse a la cárcel y ver qué estaba pasando. Unas cuadras antes un grupo de vecinos reunidos en una esquina le llamó la atención y supuso que algo sabrían. “¿Motín? ¿Fuga?, nada de eso señor, lo que pasó es que un plato volador estuvo detenido como cinco minutos, justo arriba del penal, iluminando todo con una luz muy fuerte”. En el servicio penitenciario nadie confirmó el hecho, pero un celador tuvo una arriesgada confidencia, con el expreso pedido de la mayor reserva de la fuente. Dijo aquel hombre que en el recuento de la mañana siguiente en el interior de los pabellones faltaba un preso. “Era un tipo raro, de piel muy blanca y ojos azules, nunca hablaba con nadie, vino de Devoto por una causa de drogas”.
Dos días más tarde a la radio llegó un comunicado firmado por el director de la cárcel, que informaba que “por razones de seguridad estaba terminantemente prohibido dar a conocer ninguna información relacionada con hechos ocurridos en el penal”.

Los túneles secretos de Patagones
Que corrían entre el Fuerte y la costa del río, como vía de escape ante un eventual ataque de indios agresivos. Que vinculaban la iglesia parroquial y el colegio de las monjas, para escabrosos encuentros amatorios. Que se extendían entre el caserón Sassenberg-Landalde y alguna otra propiedad de la zona del puerto, como escondite de tesoros de piratas. Las leyendas sobre los túneles secretos de Carmen de Patagones estimularon a un investigador de identidad oculta que, allá por los años 60 del siglo pasado, equipado con linternas de minero y buenas herramientas para cavar se lanzó –en el sigilo nocturno- en la búsqueda de los pasadizos misteriosos. El sujeto, viudo y solitario, desapareció de todo lugar que solía frecuentar. Se dice que hace una década un operario municipal que cavaba una zanja cayó en un pozo de 3 metros de profundidad que se abrió a sus pies. Salvó la vida del golpe, pero casi se muere del susto: en la caverna descubierta se halló el esqueleto del buscador de túneles perdido mucho tiempo antes. El relato agrega que un poco más allá, por el mismo paso subterráneo, se encontraron minúsculos restos humanos, que podrían haber pertenecido a bebés recién nacidos. La municipalidad ordenó que se tapara todo. Todo.

Un submarino en San Blas
La segunda guerra mundial ya había terminado, terminaba el invierno en el hemisferio sur. La vida en Bahía San Blas, la localidad costera a 100 kilómetros de Carmen de Patagones, transcurría serena, bucólica y siempre igual. Una parte de la población se volcaba esencialmente en las tareas de mantenimiento y servicio en el casco de la estancia de los Wassermann; otros se dedicaban a la pesca, que generaba abundante cosecha de cazones. Ocurrió en una madrugada de septiembre y aseguran haberlo visto un par de pescadores, por la zona de la playa de arena, cerca de La Rebeca, el chalet de playa de los richachones. En medio de la bruma y la fuerte rompiente, con mar de fondo, se divisó claramente la silueta de un submarino, que sobre los laterales de la torreta tenía pintadas cruces svásticas. Dijeron aquellos involuntarios testigos que desde la nave se disparó una bengala que reforzó la incipiente claridad solar y era la señal esperada por un grupo de personas que, a bordo de dos camionetas, llegaron rápidamente a la costa, al mismo tiempo que un bote acercaba desde el submarino a tres hombres robustos, otro bajo y enclenque al que ayudaron a desembarcar, y una mujer rubia, que se veía muy nerviosa. También, en sucesivos viajes desde el sumergible a la playa, fueron descargados varios bolsos y un par de baúles, que junto con los pasajeros fueron conducidos a la casa principal del pueblo. Una mucama le contó al panadero que los recién llegados sólo se comunicaban en su idioma con el dueño de la estancia, que permanecieron algunas semanas sin salir ni siquiera a los amplios jardines de la mansión y que al hombre mayor, que parecía enfermo, lo llamaban algo así como “meinfiure” y a la señora rubia le decían “fraueva”. Se fueron de noche, en un par de autos negros que empalmaron en la estación de José B. Casás con el tren que se dirigía a San Carlos de Bariloche.

Hasta aquí las cinco historias. Ninguna de ella real, ninguna comprobable con documentos escritos o dichos verificables. Solamente relatos que aparecen en las charlas de sobremesa.

lunes, 15 de agosto de 2011

Los murales de Chelo Candia cuentan la historia popular de Allen, con colores y afectos

 Arriba: el doctor Kantor con "su" mural sobre el viejo hospital de Allen; abajo: jóvenes, los de pintura y los de carne y hueso, juntos en la esquina de la escuela 1.
 
 Chelo y el truco visual de los pibes jugando al voley, sobre la esquina del Club Unión Alem Progresista; abajo, el homenaje al inolvidable cine San Martín, su dueño, Chaplin, el pibe... y la gordita que imita a Marilyn.


Unas cuantos frentes de edificios públicos y casas particulares de la ciudad de Allen cuentan la historia del pueblo, a través de coloridos murales realizados por el multifacético artista plástico Chelo Candia. Lo singular de esta “galería de arte a cielo abierto” es que los vecinos de la localidad son los auténticos protagonistas de las pinturas, como personajes de una historieta gigante.

Allen es una ciudad mediana, de perfil frutícola, cuya historia oficial arrancó el 25 de mayo de 1910 cuando un grupo de colonos se reunió para distribuirse las parcelas que les otorgaba la dirección de Tierras de la Nación y celebrar, modestamente, el Centenario de la Revolución de Mayo. El crecimiento posterior fue producto del esfuerzo de los chacareros inmigrantes, con apoyo de organismos públicos y el desarrollo de las propias instituciones. Esta simple cronología de acontecimientos está reflejada en los 14 murales que Chelo Candia lleva pintados, desde marzo del año pasado, en una serie que tendrá punto final en pocas semanas más con la realización de la obra número 15.
El proyecto fue propuesto por Candia a las autoridades municipales en el marco de la conmemoración del Centenario de Allen, para mayo de 2010, y contó con el decidido apoyo del intendente Graciano Bracalente. El artista tuvo el asesoramiento de la historiadora local Graciela Vega y sobre la base fotos antiguas (similares a las que se publican habitualmente en Perfiles y Postales) pudo reconstruir momentos de la vida cotidiana y los rostros de recordados vecinos.
Una visita guiada
Un par de semanas atrás, en una fría jornada de este invierno, el cronista tuvo el privilegio de ser guiado por el propio Chelo Candia en una recorrida por la totalidad de los murales, distribuidos en el radio de las 30 manzanas centrales de Allen. Lo que sigue es la descripción de la caminata, con algunas intervenciones del artista, y las referencias a las ilustraciones que acompañan esta nota.
La galería arranca con el mural dedicado a los pueblos originales, donde se representan rostros, instrumentos musicales, elementos culturales y también, en contraste de negro, las tropas militares de la campaña de Roca. El segundo es sobre la fundación, aquel día 25 de mayo de 1910, y está pintado sobre el edificio de la Municipalidad, donde aparecen los pioneros y el fundador Piñeiro Sorondo. Por otra calle encontramos el mural que recuerda la figura de Marianito, un joven de Allen con síndrome Down que fue muy querido y participaba en un grupo teatral “Cosechadores de Sueños”.
La siguiente obra que visitamos está referida al emblemático edificio del Hospital Regional de Allen, que se inauguró en 1925 y fue durante muchos años el centro público de salud más importante de la región. “En la memoria de mucha gente es muy fuerte el recuerdo del hospital y tomamos una foto del frente en el día de su inauguración, y también imágenes del interior, donde se ve a su personal trabajando; y entre ellos se destaca la figura del apreciado doctor Isidoro Kantor, que prestó la pared del frente de su casa (ver foto) para pintar el mural” explicó Chelo.
La recorrida siguió con el mural sobre la capilla Santa Catalina y el colegio adjunto, ya demolidos, que están representados en la esquina de un supermercado, en el mismo terreno donde estuvieron años atrás esos edificios.
Unos pocos metros más adelante llegamos al mural “Memoria” y aquí relató Chelo Candia: “quisimos hacer una especie de síntesis de todo lo que significa la galería, tal vez porque es el trabajo más reciente, ya casi en el final del proyecto. Allí aparecen el placero, don Rapetti; un momento de las manifestaciones previas a la revocatoria popular del intendente Ulises Gentile; don Bentata, un conocido comerciante de algunas décadas atrás; y el primer colectivo de la empresa KoKo, de 1941”.
Sobre la esquina de la escuela 1, está el mural “Educación” donde Chelo retrató al primer maestro de Allen, y también se muestra una tradicional foto de aula, de esas donde una alumna aparece sentada a la mesa de la maestra con un cuaderno y lapicera en la mano. En los laterales del mural aparecen jóvenes estudiantes secundarios pintados con tanto realismo que se confunden con los chicos verdaderos que se sientan sobre un parapeto que rodea la pintura, en sus habituales encuentros a la salida de las aulas. (Ver foto) “Yo sabía que los chicos se sientan acá y por eso dibujé otros pibes en proporción real para que se integren en el conjunto, para mezclarlos con los de verdad, todo reunidos allí en esa esquina” apuntó el artista.
“Tierra y Trabajo” se llama el siguiente friso, sobre el lateral de la Escuela Industrial (donde hizo sus estudios secundarios el propio Chelo) “donde hicimos referencia al trabajo particular de Allen que tiene que ver con la tierra y las chacras, los hornos de ladrillo, las bodegas, y las canteras de yeso también; con la presencia, además, de los alumnos de la Industrial, porque al lado de la pared que pintamos está la puerta del taller”.
El que sigue, sobre la esquina del gimnasio del Club Unión Alem Progresista (una institución emblemática de la ciudad) es el mural en homenaje a los deportistas allenses en general. Allí se pueden ver jugadores de fútbol con las camisetas de Unión, Alto Valle y Estrella Polar (el club donde jugó el padre de Chelo); y hay dos chicos jugando al voley en un truco de perspectiva preparado para sorprender a quienes pasan caminando por allí. (Ver foto)
La obra siguiente (en la recorrida) se llama ‘La chacra’ y se apoya en la reproducción gigante de una foto de archivo que ilustra un típico momento de la actividad frutícola: la fumigación de las plantas, realizada por un hombre y sus hijos. “Es una foto tomada hace muchos años en una chacra de la zona y la nieta del productor pasó en auto y al reconocer a su familia paró para mirar la tarea, y se sacó fotos junto al mural” señaló Candia.
Otra actividad vinculada a la producción frutícola, como lo fue la fábrica Bagliani, es el eje del mural que se visitó después. “Recuperamos la memoria de la producción de tomates y salsas, las etiquetas y el diseño de la marca, con una escena del interior del establecimiento en plena producción” dijo Chelo.
Después de algunas cuadras, a lo largo del boulevard que corre paralelo a las vías en donde se ha reunido esculturas y referencias históricas, se llega al mural dedicado al desaparecido cine San Martín. Advirtió Candia que “en Allen hubo otro cine, pero yo no lo conocí, y por eso puse el ojo en el San Martín, a partir de mi experiencia personal. Aquí aparece como protagonista principal el señor García, que era el dueño del cine, con una vista del frente, otra del interior de la sala, Carlos Chaplin con el pibe de su famosa película y dos agregados, que no son del cine pero me pareció interesante incorporarlos como chistes.” (Ver foto)
Esos agregados a los que se refiere Chelo le confieren a esta obra un toque especial: uno es la silueta de un conocido vecino allense, don Herrera, que desde hace muchos años vive junto a lo que fue el cine (ahora es un negocio de electrodomésticos), y aparece desde un pequeño balcón saludando; y el otro es el de una señora gordita que espera el colectivo (porque la pintura está, precisamente, enfrente de la parada de los micros interurbanos) y el viento que se arremolina le levanta la pollera (igual que a Marilyn Monroe).
“Don Herrera sale poco de su casa, pero cuando alguien le contó que estaba en ese mural fue y se sacó una foto allí” comentó Chelo Candia.
Cruzando la avenida, en el lateral de un taller mecánico y una estación de servicios se ubica la obra de recordación y exaltación de la pasión por el automovilismo deportivo, de cuando Allen era considerada “la capital tuerca del Comahue”. El paso de los tiempos y los modelos, desde aquellos “bólidos” con motor Ford A, pasando por los Gordini, hasta el Sierra de Jorge Eidilstein; el trazado del autódromo General Mosconi (actualmente fuera de uso) y el recuerdo del quincho del Allen Moto Club como el sitio de las fiestas sociales más calificadas, están representadas en esta pintura.
La gira por la “galería de arte a cielo abierto” llegó al punto final con el mural sobre los artistas de Allen de todos los tiempos. “Allí quise meter referencias a la música, las danzas, la literatura y las murgas, todo junto en una síntesis de lo que ha sido y sigue siendo la rica vida cultural de mi pueblo” describió el autor. En esta obra Chelo reprodujo una foto de la antigua banda de música municipal y, mientras la estaba pintando, apareció uno de los ejecutantes y se quejó porque no lo estaba haciendo bien igual. “Yo quiero ser reconocido, quiero que vengan mis hijos y mis nietos a verme en el cuadro” pidió el hombre y el artista, por supuesto, accedió.
Perritos y un linyera singular
Chelo Candia y su eficaz asistente, María Langa, tuvieron el acierto de retratar estos personajes reconocibles y veraces de la historia popular de Allen, en la serie de frisos que como una especie de historieta gigante de “continuará” despliegan un colorido relato callejero. Pero hay otros sellos, que responden a la creativa impronta de Chelo. Por ejemplo el haber incorporado en los murales a los infaltables perros de pueblo. “El primero fue el de una vecina, que tuvo un gran éxito de aprobación, por lo que decidimos seguir pintando siempre algún perrito y hasta me di el gusto de representar aquel dicho de ‘perdido como perro en cancha de bochas’ y en otro caso lo escondí a la sombra de un camión”. También aparece con perros y todo, en el mural de homenaje a los artistas, uno de esos linyeras bohemios que nunca faltan. “Se llamaba el Zorro Manzaneda, un hombre que un día decidió vivir pobre, en su propia casa y lo pinté, como andaba siempre por la calle con sus perros” relató.
Falta el mural número 15, que estará dedicado a las grandes competencias ciclísticas que caracterizan a Allen en los últimos años. Con esa obra Chelo habrá completado su propuesta; y la historia habrá quedado en las paredes.

sábado, 13 de agosto de 2011

La Biblioteca de la Legislatura de Río Negro en su Cincuentenario, algunos antecedentes y recuerdos

 Velia Salicioni, Juan Fresán, Mena Píccolo, Nelly Magnanelli yJackie Abrameto, en aquella primera biblioteca de los años 60.
 Una reunión de autoridades y empleados en la biblioteca de los años 70, ya con la boisserie de madera en el primer piso de la sede legislativa.
 Los ex legisladores Piñero y Chucair, el ex secretario Argañaraz y el actual director de Asuntos Legislativos Daniel Ayala, en la celebración de los 50 años, el pasado 11 de agosto. Abajo: el presidente de la Legislatura, Bautista Mendioroz, saluda a la directora de la biblioteca, Dalia Chaina.
Se acaban de cumplir 50 años de la sanción de la ley de creación de la Bibioteca de la Legislatura de Río Negro, una institución cultural fuertemente relacionada con la comunidad de Viedma; no tan sólo por su rol de asistencia al parlamento provincial en temas específicos, sino por su trascendente labor en la difusión general de la buena lectura.



En aquellos tiempos, los primeros años de la década del 60 en el siglo pasado, en la joven provincia de Río Negro estaba todo por hacerse. Así fue que el 31 de julio de 1961 fue sancionada la ley de creación de la Biblioteca de la Legislatura de Río Negro. El proyecto, convertido en ley 202, llevaba la firma del legislador Farid Marón, un hombre de las filas de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), que desde Valcheta llegó para ocupar una banca y colaborar activamente con el primer gobernador constitucional de los rionegrinos, Edgardo Castello, desde la presidencia del inicial cuerpo parlamentario.
“La creación (de la Biblioteca) por ley es garantía de estabilidad presente y futura; (pues) ni los cambios políticos ni aún la posibilidad de intervenciones podrá influir en la trayectoria expresamente fijada, ni desviar o anular la proyección futura de la entidad. Y si ello por desgracia ocurriera siempre habrá un responsable que tendrá que responder ante la ley”, escribió Marón. Las bases estaban claras.

El primer ámbito
La estructura de aquella primera Legislatura de Río Negro era muy reducida, el recinto de sesiones era la sala ocupada hasta el año 1956 por el cine y teatro Argentino, donde apenas se habían removido las butacas para colocar una larga mesa con forma de herradura, un estrado y las bancas de los diputados, conservando el escenario y el telón; con unas pocas oficinas sobre la construcción de la esquina de las calles San Martín y Saavedra. Para instalar a la flamante biblioteca se alquiló entonces un inmueble ubicado sobre Saavedra, número 534 (actual sede del Colegio de Ingenieros).
Jacobo Alberto Abrameto (simplemente Jackie) fue el primer responsable de la biblioteca. Hace 5 años trazaba estos recuerdos. “Entré a trabajar en la Legislatura por concurso, en la época de Juan Stábile como presidente y Paco García como secretario administrativo. Este señor se llamaba Armando Pedro Ramón del Rosario García, pero todos lo conocían como Paco García, era martillero y ocupaba el cargo de secretario administrativo. El primer secretario legislativo fue Oscar “Tolucho” Liccardi, que más tarde renunció para pasar a la Gobernación, reemplazado por Aníbal “Icho” Argañaraz”.
“Cuando se decidió organizar la biblioteca hubo concurso para cubrir el cargo de bibliotecario y lo ganó Orfilio Modesto “Chichino” Arró, abogado recién recibido en Córdoba. En ese momento también ingresaron Filomena Píccolo y Velia Salicioni,(dos docentes de conocida actuación en Viedma) Al poco tiempo Arró renunció, para dedicarse a pleno a su profesión, y quedé a cargo de la incipiente biblioteca”.
“Sin tener conocimientos específicos, simplemente aplicando un poco de sentido común, diseñé una ficha para catalogar, clasificar y seguir cada proyecto en sus diversas etapas, hasta que se convertía en ley; llevó un tiempo, incluso tuvimos que pedirle a la imprenta Bagli que nos hiciera una tarjeta especial, y al final nos quedó un sistema que tiempo más tarde fue elogiado por un especialista que vino a visitarnos de la biblioteca del Congreso de la Nación”.
Velia Salicioni se sumó a la recordación nostálgica, cuando fue entrevistada por este cronista en estos primeros días de agosto del 2011. “Nos sentíamos allí como en nuestra casa, constituíamos una familia juvenil y compartíamos sueños y esperanzas. Jackie y su esposa Amelia estaban recién casados y como el edificio tenía al fondo un pequeño departamentito le habían autorizado instalarse allí, para vivir; lo que aumentaba la familiaridad. Recuerdo que los ambientes eran muy fríos, y como la calefacción esos tiempos era escasa muchas veces nos quedábamos totalmente arropados adentro de la oficina, pasando las fichas a máquina y atendiendo al público. Por suerte teníamos la recompensa del calor y del sol en los días de primavera y verano, cuando disfrutábamos mucho del patio interior”.
Velia agrega los nombres de otros compañeros de tarea de aquellos tiempos iniciales: Juan Fresán (que años más tarde se destacaría como diseñador gráfico y publicitario), Guguy Fáges (después recibido de médico en La Plata, secuestrado y desaparecido en 1975), Eleodoro Saissac y Ricardo Ocejo (de destacada actuación deportiva y empleado de larga data en Rentas de la provincia).
“A tiempo llegó otra maestra joven, menor que nosotras (Mena y Velia, quien habla) y se convirtió en nuestra protegida, con los años sería directora de la Biblioteca y seguimos viéndonos cada tanto, para recordar aquellas épocas”. Se llama Nelly Magnanelli, poco después se convertiría en “de Armas”.

La biblio en LU 15
De nuevo los recuerdos de Abrameto, para ilustrar sobre una importante experiencia de difusión. “En aquellos tiempos los habitantes de Viedma y Carmen de Patagones no recibían las imágenes de la televisión y la radio, sobre todo LU 15 radio Viedma, era un importantísimo medio de comunicación. La joven Biblioteca de la Legislatura necesitaba proyectarse a la comunidad y radio Viedma, dirigida por “Tolucho” Liccardi recibió con los brazos abiertos una interesante iniciativa.”
“Yo compraba los días jueves el diario Clarín que traía un suplemento literario, y en base a esos artículos y con el material que teníamos en la biblioteca hacíamos un programa de radio los sábados en LU 15 a las ocho de la noche. Lo conducíamos Nelly, Mena, Velia y yo, se leían poemas, comentarios de libros y algunos temas de la actualidad legislativa. El programa tenía gran éxito”.

Sucesivas mudanzas y cambios
Tras la interrupción militar en la vida constitucional (1966), la Biblioteca se instaló en la sede central, sobre calle San Martín. Funcionó un tiempo en el vestíbulo (“Salón de los Pasos Perdidos”) y después en la esquina con Saavedra (en el mismo espacio que tiempo antes había albergado el restaurante de la Legislatura). Para principios de los 70 el gobernador militar general Roberto Requeijo ordenó una serie de reformas en la estructura del viejo teatro Argentino. Se trajo, desde Buenos Aires, una impactante boiserie antigua, que perteneciera a una aristocrática casa porteña. La Biblioteca de la Legislatura lució durante muchos años –hasta 1989- un distinguido aire europeo, con revestimiento de madera, estanterías en dos niveles con escaleras y pasillo superior. Estas instalaciones ocupaban todo el espacio del frente en la planta alta del edificio, el mismo lugar que más tarde sería asignado a la presidencia del cuerpo y despacho del Vicegobernador.
La expansión de la Legislatura requirió ese espacio y así, hacia 1989, hubo que serruchar los estantes de madera y adaptarlos a un salón comercial de calle Saavedra 577; con una nueva mudanza, en 1996, al edificio de Rivadavia 64.

La sede propia
En el año 2004, siendo vicegobernador y presidente de la Legislatura Mario De Rege, comenzó a gestarse el proyecto de la primera ampliación del edificio de la sede central. La nueva ala, construída hacia la calle Belgrano, incluyó en planta baja y entrepiso las nuevas dependencias de la Biblioteca de la Legislatura de Río Negro, bajo un desarrollo espacial del arquitecto Sergio Gorriti. Fue el primer edificio diseñado especialmente para biblioteca en la ciudad de Viedma, y se inauguró el 8 de diciembre de 2007. Un poco después, tras la muerte del primer gobernador constitucional de la recuperada democracia, Osvaldo Alvarez Guerrero, el 8 de octubre de 2008 se le impuso su nombre a la Biblioteca, como un merecido homenaje, dadas sus condiciones de calificado intelectual, bibliófilo y ensayista.

Libros y anaqueles que cuentan
La historia de estos 50 años de trayectoria de la Biblioteca de la Legislatura se nutre también con los recuerdos de sus usuarios. Este cronista tiene muy presente, en su memoria, el clima de cálida atención en la esquina de San Martín y Saavedra, por el año 1968, cuando entrando a la izquierda se encontraba la estantería de llteratura argentina y se pudo nutrir, con la ansiedad propia de la adolescencia, de un cóctel de autores donde se mezclaban Julio Cortazar, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges y David Viñas.
Los bibliotecarios también guardan sus anécdotas. Como aquella vez que un lector sorprendió con la consulta sobre la “perestroika” (la famosa reestructuración lanzada por el gobierno ruso en 1987) y la joven empleada que atendía marchó velozmente hacia el sector de los libros de arte. Una compañera, solícita, le pregunto en voz baja “¿sabés lo que es la perestroika?” y la muchacha contestó, muy segura: “sí, es un ballet ruso”. Y esa otra ocasión cuando una bibliotecaria con poca antigüedad se enfrentó a un señor que, muy circunspecto, pidió consultar “la Enciclopedia Jurídica escrita por el doctor Castellanos” (el apellido era otro, se preserva por razones entendibles) tras lo cual la empleada recorrió de punta a punta el anaquel jurídico y volvió contestando “no la tenemos, señor”; y el usuario, furioso, soltó: “no puede ser, si es una obra de mi autoría y yo la doné la semana pasda”. La sorprendida bibliotecaria no atinaba respuesta; hasta que otra empleada, más experimentada, se acercó para prevenirle, en un susurro: “no te preocupes, este señor está un poco chifladito y siempre viene con este tema, no es abogado ni tampoco escribió ningún libro pero tiene ese delirio, disculpate y decile que la vamos a buscar bien y se va tranquilo”.
¡Cuántos estudiantes secundarios y universitarios habrán saltado exitosamente por el trampolín del conocimiento rumbo a los exámenes gracias a los servicios generosos de la Biblioteca de la Legislatura a lo largo de este medio siglo! ¡Cuántos viajes maravillosos por los territorios de la imaginación, en novelas y cuentos, habrán tenido puerto de partida en los estantes de esta prestigiosa institución!

sábado, 30 de julio de 2011

El cincuentenario de la ley 200, de creación del IDEVI, abre la puerta para una interesante recordación

 Juan Carlos Rosso, paciente recopilador de la historia del organismo IDEVI (arriba); abajo una imagen de 1970, cuando todo era desierto y arena, y las primeras casitas estaban en plena construcción. 
 En la foto interior aparece un joven Rosso, como ayudante de topógrafo, realizando mediciones en lo que fue la Laguna El Juncal, al oeste de Viedma.
En la provincia de Río Negro hay una sigla de cinco letras (IDEVI) que define, con fortaleza e identidad propias, un programa económico y social que desde hace medio siglo genera expectativas y frustraciones, en el marco de un debate casi permanente en torno a su pasado, presente, viabilidad y futuro.



Esa sigla, la del Instituto de Desarrollo del Valle Inferior, está fuertemente instalada en el imaginario colectivo y le pone nombre no sólo al organismo estatal responsable de la ejecución del proyecto, sino también a la colonia de chacras ubicada en las afueras de la ciudad de Viedma.
Los habitantes de la capital rionegrina se refieren, indistintamente, al IDEVI como ente y al IDEVI como región, en una síntesis que se explica sólo cuando se conoce la historia de la creación y formación del organismo.
El próximo jueves 4 de agosto se cumplirá el 50º aniversario de la sanción de la ley 200, de creación del ente como piedra fundamental para la tramitación de aportes crediticios internacionales.

La crónica
Eran las tres y 14 minutos de la madrugada del día cinco de agosto de 1961. La voz del diputado Farid Marón sonó clara, a pesar del cansancio propio de la hora en la sala del teatro Argentino de Viedma, apenas transformado en algunos aspectos para convertirse en recinto de la Legislatura de Río Negro. Dijo Marón , presidente del cuerpo, “con la modificación propuesta por el diputado Rajneri y aceptada por comisión se va a votar si se aprueba el artículo 35 del proyecto en cuestión. Los diputados que estén por la afirmativa sírvanse indicarlo.” Todos los legisladores presentes levantaron sus manos y siguió diciendo Marón: “aprobado, el artículo 36 es de forma; en consecuencia queda sancionado el proyecto de ley”. Eran las tres y 15 minutos de la madrugada del cinco de agosto de 1961, un grupo reducido de hombres del ejecutivo provincial que habían seguido por espacio de cinco horas el debate y análisis de aquella iniciativa ya convertida en ley no podían ocultar su satisfacción. Uno de ellos exclamó “esta fue una noche histórica, se creó una de las herramientas más importantes para la transformación de la zona del este de Río Negro”. Esa madrugada los miembros de la primera legislatura rionegrina habían creado el Instituto de Desarrollo del Valle Inferior (IDEVI), uno de los propósitos más concretos de los planes del gobernador Edgardo Castello; un sueño largamente anhelado, que se venía acunando en la comunidad viedmense desde los primeros años del siglo 20.
El miembro informante de la bancada oficialista de la Unión Cívica Radical Intransigente, Herberto Castello, precisamente hermano del gobernador, recordó en el recinto que los primeros estudios para el riego del Valle Inferior se remontaban al año 1911, a cargo del ingeniero Rómulo Quartino y ponderó el proyecto del Ejecutivo, urgido de aprobación ante la inminente realización en Punta del Este, Uruguay, de una sesión plenaria del Banco Interamericano de Desarrollo, donde sería tratado el pedido de financiamiento para el importante proyecto de riego y desarrollo del valle de Viedma.
Después habló Alberto Rionegro, diputado por la Unión Cívica Radical del Pueblo, para dar su apoyo al proyecto; siguió en el uso de la palabra el legislador Oscar Abate, de la Democracia Cristiana y conocido vecino de Viedma, quien también respaldó la iniciativa.
La lista de oradores la cerró otro miembro de la bancada de la Unión Cívica Radical del Pueblo, Julio Raúl Rajneri, quien confirmó el voto favorable de la oposición y planteó algunas modificaciones formales.
En esa madrugada se usaron palabras plenas de emoción y esperanza, se habló de “colonización con sentido social”; del recurso de crédito internacional al servicio de pequeños minifundistas; de la jerarquización del trabajo y el estímulo a los hombres dispuestos a fecundar la tierra; de la autarquía ejemplar del organismo que se estaba creando; de la actitud positiva de un organismo internacional de crédito dispuesto a ayudar al crecimiento de los pueblos; de inversiones y amortizaciones en plazos de posible ejecución. En suma: nadie podía dejar de ser optimista con respecto al futuro.
Habían transcurrido más de tres años desde el comienzo de la gestión de Castello, primer gobernador constitucional de la joven provincia, y el estudio de factibilidad encargado a la consultora italiana Italconsult demostraba, con datos precisos, que toda la región cercana a la capital podía iniciar una etapa de positiva transformación con el formidable recurso del riego de sus tierras.

La historia
Juan Carlos Rosso (61) ingresó como empleado de un contratista del IDEVI en 1968 y un año después como agente efectivo del organismo. “Como ayudante de topógrafo estuve en las mediciones de lo que había sido la Laguna El Juncal, atravesando pajonales, donde la tierra negra y prodigiosa estaba esperando la mano del hombre”, recuerda, con emoción y muestra una de las fotos que ilustra esta nota.
Dentro de poco tiempo Rosso presentará un libro conmemorativo, dedicado al cincuentenario del ente, con la recopilación de valiosa información y testimonios, narrados en la mayoría de los casos desde la propia experiencia. “El trabajo arrancó en el 2008 cuando el IDEVI cumplió 47 años de trayectoria, porque en ese momento me pidieron que armara un folleto con la recordación del personal que prestó servicios en el Instituto; en ese momento me entusiasmé con la idea de hacer un libro que reuniera toda la historia, desde sus inicios. Conté con la colaboración de mucha gente y hay un capítulo –titulado ‘Tiempo de recuerdos y reflexiones’- que reúne las nostalgias de ex funcionarios y empleados como Jesús Andrés, Carlos Larreguy, Lisandro Digiuni, Luciano Pérez, y Humberto Iglesias; también recogí la visión de algunos ex alumnos de la Escuela Secundaria de Formación Agraria, y de chacareros como Nelson Ansola y Modesto Linares”
“El libro tiene una fuerte carga emotiva, reivindica la fe en las utopías, que se realizan con el esfuerzo, a veces en forma completa y en otras de manera parcial; el IDEVI fue el organismo que logró el mayor índice de ocupación de personal en los años 70; los mejores desfiles contaban con la participación de la maquinaria del IDEVI, hubo un gobernador (Requeijo) que usó esas máquinas para construir una plaza (Primera Junta) en un solo día… pero lamentablemente hoy tenemos muchos habitantes de la comarca que no conocen nada de esa historia. Para ellos, y sobre todo para los jóvenes, está dedicado el trabajo” subraya.

El padre del proyecto
Uno de los capítulos del libro compilado por Rosso está dedicado a la figura del ingeniero Juan Vicente Vía, a quien menciona como “el padre del IDEVI”. Rescata, de su legajo personal, datos que permiten ubicar su nacimiento en Resistencia, Chaco, el 18 de junio de 1.920; que en 1941 se graduó como Agrimensor en la facultad de Ciencias Físico Matemáticas de la Universidad Nacional de La Plata; que se declaraba ingeniero civil, pero cuando firmaba documentos no adicionaba profesión. Se había casado con Blanca Rosa Baylet, quien fue su compañera de toda la vida, y del matrimonio nacieron 7 hijos.
“Fue uno de los primeros nueve empleados que vinieron adscriptos de distintas jurisdicciones cuando el IDEVI perentoriamente empezó a funcionar en 1962, en dos oficinas prestadas por la Legislatura; recibió el nombramiento de sub gerente general del organismo el 1 de mayo de 1964 y en varias ocasiones ocupó la gerencia general, por la vacancia de ese cargo, hasta su renuncia en 1970” señala el recopilador. Agrega “quienes trabajaron cerca de él y los que esporádicamente necesitaban entrevistarlo testimonian que más importante que su trayectoria profesional fue su trayectoria como persona. Era un hombre pacífico, comprensivo y dotado de una calma que sorprendía a cualquier interlocutor. En tal sentido, no había nada más ajeno a su persona que el rencor, la envidia o el deseo de venganza”
Es muy interesante la trascripción completa de un artículo del ingeniero Vía, publicado en el diario “La Voz Rionegrina” el 10 de febrero de 1966. Se reproducen aquí algunos párrafos.
“En síntesis, el trascendente significado que tiene para el país esta empresa del desarrollo del valle inferior del río Negro, consiste, por sobre toda otra cosa, en que con esa tarea se está realizando una prueba decisiva de nuestra capacidad de ejecutar, dentro de las pautas de una eficiente organización, un proceso ordenado y acelerado, de incorporación territorial y social a los más alto niveles de productividad y de vida.
Es también una prueba de la eficacia de un nuevo instrumento institucional, o sea, de un organismo de desarrollo regional de acción multisectorial, que debe ser base de un acelerado proceso de transformación de estructuras socioeconómicas regionales. Se deben superar ciertos obstáculos que se originan, generalmente, por la acción concurrente, en una misma área territorial, de numerosas entidades del sector público (internacionales, nacionales, interprovinciales, provinciales, municipales, regionales,), y por las actividades del sector privado local.
La concertación de los objetivos e intereses de todos los sectores, múltiples y muchas veces antagónicos, en torno a una finalidad común, para lograr los mejores resultados, en el menor tiempo, y al más bajo costo, es, por lo tanto, el principal propósito de esta manera de encarar el desarrollo del valle.” Palabras de Juan Vicente Vía.

La magia y el entusiasmo
Rosso asegura que “todo lo que se hizo en el IDEVI, en estos 50 años, tanto desde el organismo como desde los chacareros y habitantes de la colonia, es consecuencia de una mágica disposición, de la identificación con un proyecto, que se dio en los primeros empleados y colonos, pero continúa en el tiempo con verdadero entusiasmo”.
El libro de próxima aparición no concluirá el debate en torno al proyecto IDEVI, sus marchas y contramarchas; más bien, por el contrario, es esperable que una positiva consecuencia de esta publicación sea el estímulo para otras nuevas discusiones.